La competencia del vinilo: el streaming

El alma en la era de lo efímero

Hay algo profundamente irónico en la dialéctica contemporánea entre el vinilo y el streaming. En una era que ha erigido la inmediatez como dogma, donde el archivo digital se ha convertido en la forma dominante de la experiencia musical, el vinilo —esa reliquia anacrónica— se resiste a morir, casi como si la propia historia de la música se negara a ser reducida a código binario.

El streaming no solo ha conquistado la industria; la ha reformulado hasta hacerla irreconocible. Las plataformas digitales han convertido la música en un flujo incesante, un río sin orillas que disuelve los límites temporales y espaciales. El oyente se ha transformado en una entidad flotante. Zapeando entre millones de canciones con la misma ligereza con la que navega por las redes sociales. Esta ubicuidad tiene su reverso: la pérdida de lo táctil, de lo físico, de aquello que hace de la música algo más que una sucesión de frecuencias.

El vinilo, con su lentitud ritual y su cuerpo tangible, encarna la resistencia de la materia frente a la abstracción digital. Escuchar un disco es someterse a un tempo ajeno, aceptar una coreografía pautada: extraer la funda, limpiar la superficie, colocar la aguja. Todo ello implica una inversión de tiempo y atención que se opone frontalmente al consumo acelerado de las playlists. Pero, ¿es solo nostalgia lo que empuja a miles de personas a seguir girando los surcos? ¿O hay algo más profundo, una especie de anhelo ontológico por la permanencia en un mundo donde todo tiende a disolverse?

Quizá el vinilo sobreviva porque ofrece lo que el streaming niega: la conciencia del tiempo. En el loop perfecto de Spotify, donde las canciones se suceden sin principio ni fin, la música se convierte en fondo sonoro, en un acompañamiento sin fricción. En cambio, el vinilo impone la presencia: cada cara tiene un final, cada cara exige una pausa. Hay que levantarse, girar el disco, reiniciar el ritual. Esa interrupción no es un defecto, sino una pedagogía oculta que nos recuerda que la escucha —como la vida— necesita de intervalos, de vacío para poder ser plena.

La paradoja es que ambos formatos parecen encarnar pulsiones antitéticas de nuestra época. El streaming es la utopía de lo ilimitado, la promesa de acceso infinito. El vinilo es la celebración de lo finito, la aceptación de la escasez. Uno responde al deseo de omnipresencia; el otro, al deseo de presencia. Y quizás ahí resida el secreto de su supervivencia: en un mundo saturado de música, lo escaso —el objeto, el ritual, la pausa— adquiere un valor simbólico que roza lo sagrado.

No es solo que el vinilo suene mejor o peor. Es que suena más allá. Más allá de la música como simple producto de consumo, más allá del algoritmo que predice nuestros gustos antes de que los formulemos. El vinilo reintroduce en la experiencia sonora una dimensión filosófica: el vínculo entre el arte y la temporalidad, entre la memoria y la materia. Puede que, al final, la competencia entre el streaming y el vinilo no sea tecnológica, sino metafísica. Mientras el streaming promete la inmediatez sin huella, el vinilo nos obliga a dejar una marca: una huella en el surco, una grieta en la carátula, un instante detenido en el tiempo. Tal vez por eso, en la época de lo líquido, seguimos aferrándonos a los discos como quien se aferra a una certeza frágil pero innegociable: la de que hay cosas que solo existen cuando las sostenemos con las manos.